Para abrir boca…

Aquí os pongo el primer capítulo del libro… (aunque la cosa mejora conforme avanza 🙂 🙂 🙂 )

Sueños

Nubes de vapor rojizo lo inundan todo, tal vez no debería seguir, pero ella lo llama. Sigue intentando alcanzarla, su agonía se hace patente en ese lenguaje que comparten sin palabras. El dolor es casi insoportable mientras avanza hacia el núcleo de todo calor, casi insoportable, casi. Ha pasado por muchas aventuras y desventuras para que el simple calor le impida alcanzar su objetivo.

Algo pasa, no sabe qué es… lo están moviendo. ¡No! ¡Todavía no! Debe verla o todo este dolor habrá sido en vano. Se concentra y sigue adelante en este pasillo mágico y onírico de volutas de vapor. Ve su destello, ¿rojo?, ¿azulado?, lo sigue y la atrapa entre sus manos antes de que continúe flotando en este vacío de nada. Mira en su interior y VE.


La ladrona

Por fin, piensa con alegría, la primera, ya la tiene. Ahora sólo necesita salir como un rayo de la ciudad antes de que la atrapen, aunque está segura de que nadie lo notará hasta la tarde del día siguiente. Después de salir de Vanel toma la ruta comercial que, protegida por las tropas de Sérnile, es la más segura contra y para ladrones como ella. En el cruce se detiene un instante mientras piensa qué camino tomar, se decide por el de la izquierda; siempre elige el lado siniestro.

Al llegar a Taran se detiene y debe contenerse por no llenar el aire con su risa insolente. Ve una pequeña y hermosa posada de paredes claras y tejas verdes, y decide disfrutar allí de su botín, aunque primero debe hacer algo. Se acerca al río y se lava el pelo y la cara para desprenderse del tinte con el que cambió el tono de su cuerpo y cabello. Cuando termina se recoge el pelo mojado en un moño para no empapar la ropa. Lava su caballo para que tome también su verdadero tono, un color rubio-dorado aparece bajo las capas de tinte negro. ¡Si supiera su querida Val-la para lo que utilizó su maravilloso tinte cubre canas…!

Calada llega a la posada. Sale a su encuentro un muchachillo de no más de doce años, de suaves rasgos y nariz respingona.

-Deme su caballo señora, yo lo llevaré a las cuadras y lo cepillaré mientras come. Usted pase a disfrutar de nuestra hermosa posada y de sus famosas “duchas cálidas”.

Todo esto lo dijo de corrido, con el tono que utilizas cuando te aprendes una lección y debes decirlo a toda prisa para que no se te olvide nada.

-Te lo has aprendido muy bien. Pero soy forastera y no conozco tales portentos. ¿Te importaría contármelos mientras te acompaño a las cuadras y cepillo a mi caballo? No es que desconfíe de ti, pero tus manos no parecen estar habituadas al trabajo y mi caballo podría molestarse. Tiene muy mal genio, yo siempre se lo he consentido. No es cómodo cuando tengo que cepillarlo, pero sí es seguro si quieren robarlo.

-Por supuesto que estaré encantado de hablarle de las maravillas de la posada… si usted me aconseja cómo he de cepillar a los caballos. Es que antes trabajaba en la cocina pero como ya soy mayor me han asignado un trabajo de hombres.

-Está bien, pequeño hombre, casi nunca digo que no a un intercambio de información.

-Su caballo es muy raro, jamás había visto un caballo dorado y con crines blancas. Aquí casi todos los caballos son marrones…- observó el pequeño caballerizo.

-De donde yo vengo son bastante comunes- mintió con descaro la joven, siempre se le había dado bien-, pero no hay ingenios tan extraños que consigan llevar agua caliente a todas las habitaciones.

-Aquí tampoco es normal, por eso es famosa nuestra posada. El agua se calienta en unos depósitos individuales, que están en cada cuarto y el agua llega mediante la noria del río. En verdad es sencillo, pero a nadie se le ocurrió, excepto a Krackan.

El caballo se relajaba conforme las suaves y fuertes manos de la mujer cepillaban los músculos endurecidos por el ejercicio diario.

-Bien, creo que ya está suficientemente adormilado como para que no intente seducir a ninguna yegua. Vámonos.

La puerta de la posada estaba finamente trabajada formando dibujos vegetales que se mezclaban con las verdaderas hojas de hiedra que adornaban la entrada. La estancia principal era amplia, con techos altos y bien ventilada. Las paredes tenían un cálido color crema que le hacía sentir en casa después de tan duras jornadas a caballo.

En la barra estaba Krackan quien, según el caballerizo, había sido un gran aventurero y como prueba de ello tenía una enorme espada colgada sobre la chimenea que, aunque vieja, estaba reluciente y afilada. Entonces supo con esa intuición que tantas veces le había salvado la vida, que aquel no era un buen lugar para robar o tener pelea.

-Buenas noches, Krackan, el chico me ha dicho que tú te encargarías de darme el mejor alojamiento del lugar, y espero que no todo sea falso- dijo pícaramente.

-Ese chico a veces exagera, pero le proporcionaré un lugar cálido, seco y cómodo donde descansar el tiempo que desee. Espero que él le hablara de nuestras conocidas duchas cálidas…

La mujer cerró la puerta y observó el amplio cuarto y la cama vacía. Hacía mucho tiempo que no estaba con nadie y el pueblo era demasiado pequeño como para que resultase fácil encontrar a alguien a quien contratar por un servicio discreto y eficaz. En esa situación lo mejor era una ducha…fría, ¡pero no resultaría correcto no disfrutar de las duchas cálidas!

Mientras el agua caliente limpiaba los restos de tinte y recorría su piel quitándole el polvo, rememoró el robo cometido en la fiesta de los Hans. ¡No hay nada mejor que un portero tímido y un traje caro y escotado para entrar donde quieras! Cuando cruzó el vestíbulo, se dirigió con paso seguro hacia la enorme escalinata de mármol. La música impregnaba el ambiente con un suave tono melancólico.

La sala de baile tenía capacidad para albergar a más de cien personas, como correspondía al estatus nobiliario de los Hans. Esta pequeña familia de comerciantes venida a más tras un matrimonio bien aprovechado se había hecho recientemente con el título del Marquesado de Vanel y había recibido además una bonita colección de joyas como dote. Mientras descendía por la escalinata observó el entorno en el que iba a tener que desenvolverse. Algunos nobles menores atraídos por la fortuna comercial de los Hans habían decidido unirse a la fiesta, incluyendo, aquí y allí a representantes del clero local, siempre dispuestos a recibir donaciones para sus templos.

Se mezcló entre la gente y saludó a algunos personajes ilustres en la zona que sabía que no se extrañarían de no reconocer a alguien en una fiesta. Tomó una copa de una de las bandejas que portaban los camareros y decidió que ya era hora de ponerse a trabajar. Siguiendo las indicaciones de su confidente, confidente al que mataría con lentitud si no era cierta la información, se encaminó al tocador de señoras. Allí se desembarazó del suave traje de fiesta, y haciendo con él un pequeño paquete de sutil tela azul, lo colocó bajo una silla. Con la ropa interior negra y el oscuro tinte del cuerpo, era una sombra ligera que recorría el friso del edificio hasta llegar al cuarto de Reginal Hans, el propietario del más maravilloso rubí de Vanel. Rezando y con el corazón latiendo fuertemente en el pecho miró al interior de la habitación. Esperó unos instantes y con un ágil salto se introdujo por la ventana entreabierta.

Pesados encajes colgaban de las paredes, en colores fríos y oscuros, creando una atmósfera desagradable e inquietante que su dueño utilizaba para intimidar a quienes llevaba a ese despacho. La ladrona comenzaba a hacerse una idea de cómo había conseguido Hans su fortuna comercial. Una vez te fijabas, era bastante sencillo hacerte una idea de la personalidad de los habitantes de una casa observando su decoración. Los cuadros tenían imágenes de los castigos impuestos por la Diosa Nardé a sus traidores. La mesa era grande, de caoba oscura y el sillón que la presidía era grande y forrado de terciopelo rojo, mientras que los otros dos enfrentados eran algo más pequeños y no parecían muy cómodos.

El suelo estaba cubierto por una espléndida alfombra procedente del Gran Vergel, lo que dejaba claro la riqueza de la familia Hans. A la diestra de la mesa había un pequeño expositor alto, también de caoba. En el interior de la cristalera podía verse una magnífica espada… totalmente inútil para el combate.

Registró la estancia hasta encontrar la oquedad en el suelo, bien disimulada bajo la espesa alfombra; desactivó la trampa haciendo saltar un pequeño dardo envenenado que paró con el trozo de madera bendita que llevaba preparado para estos casos. Las viejas supersticiones eran difíciles de dejar atrás.

Cogió sólo el rubí. Bueno… el rubí y una hermosa diadema de plata. ¡No lo pudo evitar! A fin de cuentas era una ladrona. Le daría a su jefe el rubí y se quedaría con la diadema, le sentaría muy bien a su verdadera y pálida piel, y a sus brillantes cabellos rojizos.

El agua empezó a enfriarse, sacándola de su ensimismamiento. Llevaba demasiado tiempo en la ducha, de modo que decidió bajar a cenar. Cuanto más lo pensaba, más hambre le entraba. No había comido nada en todo el día, y aunque estaba habituada a este tipo de situaciones, cuando su estómago descubría que iba a comer, se transformaba en un volcán rugiente que la avergonzaba con sus sonidos si no lo mantenía sofocado con algo de alimento.

Mientras bajaba comenzó a pensar en Arol, su último compañero, alegre, fogoso, simpático, y el mayor imprudente que jamás conoció. Cuando estaban robando juntos la Joya de la Mar, no se le ocurrió otra cosa que ir al cuarto de una de las hijas del dueño para ver si su hermosa cabellera azabache era una peluca. Ella despertó y lo atraparon. Le costó dos semanas y más de un soborno conseguir que escapara. Pero, para entonces, ambos se habían dado cuenta de que terminarían muy mal si no se separaban. Métodos de trabajo distintos, diferentes conceptos de la moral sumados a noches -muy divertidas, eso hay que admitirlo- de juerga y sexo eran un cóctel demasiado inestable para personas como ellos. Por cierto, ¡era una peluca!

Desde que lo dejaron, no había vuelto a tener una relación que se pudiera considerar seria. Los hombres que habían pasado por su cama habían sido simples entretenimientos, y si ellos no lo habían sabido ver, en fin, el problema era suyo. Hoy era uno de esos días en los que le apetecía encontrar un hombre fuerte, sano y sin ganas de hacer preguntas. Bueno, era un barrio demasiado pequeño, pero siempre podría comer…

Bajó las escaleras, ya limpia y casi seca, se acercó a la barra y pidió un plato de venado, guarnición, ensalada, una jarra de vino, pan, tarta y de entremeses queso y fiambre. Krackan la miró y rió divertido. Ella, acostumbrada a ese tipo de reacciones, buscó una mesa tranquila mientras esperaba la comida e intentaba disimular los rugidos de su estomago con discretas simulaciones de tos.

Guiner, el posadero del “León Rojo”, estaba acostumbrado a ver cosas extrañas en su ciudad, sobre todo durante las fiestas, pero el grupo que llamó a sus puertas poco antes de la hora de cenar lo sorprendió tremendamente. En primer lugar, un enano -había pocos de ellos por la zona- que subió a inspeccionar las habitaciones a pesar de asegurarle que eran las mejores de la posada. Al ver al resto de la comitiva, lo disculpó, porque traían a un compañero herido. No pudo distinguir ni la raza ni el sexo, por la altura debía ser un varón, ya que un bárbaro joven, aunque tan gigantesco como todos los de su raza, y lo que parecía ser un semielfo lo transportaban con cuidado tendido sobre unas parihuelas envuelto en vendajes. Tras ellos, cargando con todos los bultos un derdemer y otro semielfo gruñían por lo bajo mientras se dirigían a la habitación del herido.

Guiner cerró la puerta y aún así mientras bajaba no pudo evitar escuchar el principio de la discusión…

-¡Maldito elfo loco! ¡¿Cómo se te puede ocurrir quedarte tanto tiempo allí?! ¡Si te quieres suicidar conozco formas más fáciles y menos dolorosas!

-¡Calla Dal! Ya tiene bastante con sus quemaduras y ampollas. Si vuelves a levantar la voz ni las pócimas mágicas del enano conseguirán traerte al mundo de los vivos- dijo excitado el explorador.

-No tienes que ponerte así, Ángonar, ya bajo la voz, lo que pasa es que no sé por qué tiene que arriesgarse tanto. ¿No comprende que si lo perdemos a él también perderemos a Siel-Tar? – dijo más calmado el delgado ladrón.

-¿Sabéis lo que vais a hacer vosotros dos? Os vais a ir a tomar algo. La posada “Tejas Verdes” es limpia y económica. Así que ya sabéis. Y no quiero veros por aquí hasta que estéis borrachos o con tanto sueño que no hagáis nada de ruido, excepto quizás, tal vez, vuestros ronquidos.

-Tienes razón Mer’- dijo Dal mirando socarronamente al enano- necesito emborracharme para olvidar la cara escaldada de Aliendor.

-Pues si vas a emborracharte, tendré que ir contigo para evitar que alguien, aparte de mí, te haga callar- dijo en tono conciliador Ángonar.

Aunque Taran no era la capital del reino, ese honor lo ostentaba Sérnile, era una ciudad grande que nacía de un punto en el que se cruzaban cuatro caminos reales con un importante mercado anual que se celebraba tres veces al año; por eso ni Daulé ni Ángonar se sorprendieron de la cantidad de puestos que adornaban el recorrido. Los comerciantes anunciaban comida, refrescos y distintas chucherías y curiosidades para los transeúntes. Salieron de la calle principal para coger por un pequeño callejón que los alejaba de los molestos vendedores, y en pocos minutos llegaron a su destino.

-Este lugar es muy agradable, ¿verdad, Daulé? Sólo espero que no te parezca “tan agradable” como para quedarte dormido en él- bromeó Ángonar.

-Siempre tienes tan poca confianza en mí… No sé si es por mi cara de buena persona, pero eres muy cruel con alguien tan sensible y delicado como yo- dijo recuperando su buen humor Dal.

-Bufón- comenzó a andar al tiempo que empujaba a su compañero hacia las mesas- Vamos a tomar algo.

-Ángonar, ¿por qué no haces honor a tu apodo de “el Invisible” y entras discretamente, haces algún truco de magia con luz y sonido que distraiga a la gente y nos consigues una mesa? Esto está repleto- Definitivamente, Dal había recuperado su humor.

-Daulé, algún día tu graciosa lengua te perderá. Mira, allí hay una mesa libre junto a la chica que está comiendo. Utiliza esas largas y escuálidas piernas para algo más que para huir de tus problemas y siéntate en ella.

-¿En la chica o en la mesa?

-Dime qué vas a beber -dijo ignorando su última gracia- e iré a pedirlo mientras te sientas en la mesa… o mejor, en la silla.

Mientras se encaminaba al lugar indicado, Dal miró la mesa repleta de comida de la joven que estaba sentada a su lado y pensó que estaría acompañada. Sin embargo, un rápido vistazo le hizo ver que no había más cubierto que el que estaba siendo utilizado con gran intensidad por la menuda mujer.

Era hermosa, no con una belleza impactante, pero en sus rasgos había determinación y fuerza, y no se podía negar que tenía unos ojos rasgados y una boca carnosa y sensual… que ahora estaba manchada de salsa.

-Toma, te he traído una jarra de tu vino favorito, así podrás salivar con mayor facilidad e inundar la posada. Puede que ese innovador método para ligar de resultado.

-¿Te has fijado en la pelirroja? ¡Come como Zark! Pero desde luego no tiene su figura.

La noche pasaba tranquilamente. Dal bebió demasiado, como de costumbre, y pronto empezó a bostezar y a soltar sus ingeniosas frases de cortejo a la chica de cabellera rizada y apetito desmedido, que aún comía.

La ladrona se dio cuenta de inmediato de que estaba siendo observada. El dúo lo formaban un semielfo de pelo claro con aspecto de guardabosques y otro tipo más siniestro. Un hombre moreno y alto, que ella sospechaba que andaba encogido para disimular su altura y su complexión atlética. Eso hizo que se fijara más en él. Puede que no fuera humano, tal vez era un derdemer. Esta peculiar raza se parecía mucho a la humana, pero la mayoría eran morenos de ojos grandes y sensibles y más altos que la media humana. Esto no tendría importancia y se podría pensar que no se diferenciaban de los humanos, pero había dones ocultos que sólo tenía esta raza. Eran muy despiertos, nerviosos y tenían pasión por el regateo y el comercio, su principal profesión era la de comerciantes de todo tipo, legales o no, adinerados o de bajos fondos. Aunque tenían otras características aún más interesantes: una resistencia fuera de lo común hacia la magia y la capacidad de detectarla. Parecía que se estaban emborrachando de verdad, pero aún así no le gustaba que la miraran tanto.

-Dal, ¿por qué no te vas a dormir? Has bebido demasiado y aunque alguna mujer estuviera dispuesta a pasar un rato contigo, el vino que te has tomado creo que te impediría dejarla satisfecha. ¿No has oído ese refrán que dice: “El vino ayuda, pero mucho impide”?

-Pero es una pena no intentar nada con semejante criatura.

-Pues vete, ya te contaré cómo es -dijo guiñando un ojo Ángonar.

-Si te sientas a la mesa con ella y no te manda a tomar el fresco en cinco minutos, me voy a dormirla y te daré mis bendiciones con la ninfa pelirroja- retó riéndose Daulé.

-Bien, cinco minutos y te vas- contestó aceptando el desafío.

Se levantó haciendo ondear con gracia su capa al girarse hacia ella. Con un rápido gesto acercó una silla a su mesa, la colocó a su lado, no frente a ella; no es conveniente comenzar una conversación con una postura enfrentada.

Ella miró con desconfianza cómo ese hombre alto y fuerte se sentaba junto a ella. También observó detenidamente la espada y el puñal que llevaba en sus caderas y el arco que tomó instintivamente consigo al levantarse de la mesa. Él fue consciente de su mirada y comprendió su reacción, así que puso el arco a un lado y sonrió poniendo su mejor cara de niño bueno.

-Tienes hambre, no he podido evitar observarlo desde la mesa contigua. Es extraño ver a una mujer con una figura tan hermosa devorando tan rápidamente la cena.

-No he comido mucho durante el día- contestó secamente.

-¿Has estado viajando? ¿O eres de Taran? Yo voy con mis compañeros de paso- continuó, ignorando la sutil invitación a marcharse- No teníamos intención de pararnos, pero Aliendor, nuestro guía, sufrió… un accidente, y tenemos que esperar a que se recupere, aunque creo que saldremos mañana tras desayunar.

-Tu amigo te observa pertinazmente, tal vez esté esperando que vayas con él-insistió ella.

-No, sólo tiene envidia de que sea yo el que habla contigo- continuó él- Por cierto, me llamo Ángonar- el explorador se quedó esperando una respuesta.

Daulé sonrió con picardía mientras se levantaba, y moviendo los hombros en gesto de derrota, abandonó el local.

-Perdona si te he molestado, sólo quería que mi amigo se marchara sin tener que arrastrarlo. Me dijo que no creía que durara hablando contigo ni cinco minutos y al parecer se aburrió de esperar que me largases, aunque bien que lo has intentado. Gracias por soportarme.

-Bueno, al fin y al cabo no me gusta comer sola, y después del susto inicial no pareces tan peligroso. Pero ya he terminado de comer y voy a subir a mi cuarto- dijo mirando con atención su rostro. Tenía un rostro joven, con algunos rasgos élficos, grandes ojos grises, la boca amplia y labios carnosos. Su cabello ondulado y claro caía hasta sus hombros. Descubrió que le resultaba atractivo.

-Pues nada, iré a ver si Dal no ha terminado acostándose en la acera.

Ahora fue ella la que poniendo su mejor cara de niña buena dijo: -¿Te importaría subirme al cuarto la leña? La estancia es fría al salir de la ducha.

-Por supuesto, será un placer, pero… ¿no es muy pronto para volver a ducharse? Aún se te nota el pelo húmedo.

-La ducha no es para mí. Apestas.

Silencioso y gratamente sorprendido la siguió hasta el cuarto, observando por vez primera el contoneo cadencioso de sus caderas. El cuarto era espacioso, había una ventana ubicada al norte por la que se podía ver el río y la verde vegetación que crecía en torno a él. Olía a frío. La cama estaba pegada a la pared y cuando ella encendió el candil, pudo apreciar la hermosura de los grabados de la ducha que se encontraba situada en una esquina junto a la ventana.

Dejó la leña en el suelo y siguió el gesto de ella que le indicaba que se introdujera en la ducha. Mientras él se desnudaba, ella encendió la chimenea.

Cuando salió de la ducha desnudo y desarmado, pensó que tal vez ella tenía alguna intención oscura. Sus dudas desaparecieron cuando ella surgió de entre las sombras vestida únicamente con su larga melena. Lo observó y sonrió apreciando el efecto de su mirada en él. Con un rápido giro, que lo desconcertó un instante por la fuerza y rapidez con la que fue llevado a cabo, lo lanzó a la cama, colocándose ella sobre él.

-Aún no sé tu nombre.

-Calla.

Esas fueron las únicas palabras coherentes que se dijeron el uno al otro durante la noche.

La luz de la mañana lo despertó sobre el lecho aún húmedo de sudor. Miró a su alrededor para descubrir que no había nadie. Se vistió con celeridad y bajó. Puede que estuviera desayunando.

-¡Posadero! ¿Habéis visto a una chica delgada y…?

-Sí, sí. Ella me dejó esto para ti- dijo Krackan interrumpiéndolo y sacando de su delantal una carta. En ella ponía: “Si nos volvemos a encontrar, me encantaría que interrumpieras otra vez mi comida. Con cariño, C.”

-Perdona, ¿sabías cómo se llamaba?

-No, ¿por qué? ¿Necesitas algo de ella?- dijo en un tono extrañamente protector.

-No, era simple curiosidad- contestó mientras sonreía recordando la noche pasada.

Bien, él estaría dispuesto a interrumpir su cena de nuevo si volviese a verla, de eso estaba seguro.

Tomó aire para intentar dejar a un lado sus pensamientos sobre ella y concentrarse en llegar al “León Rojo” donde debería haber pasado realmente la noche. Con fuerza acudieron a su memoria los gritos de dolor y agonía del elfo cuando lo despertaron. Debía saber cómo se encontraba, aún no se explicaba cómo olvidó con tanta facilidad los sufrimientos de su compañero para concentrarse sólo en su placer esa noche.

Aligerando el paso llegó a la posada donde en la puerta lo esperaba con expresión ceñuda el gran bárbaro de rubios cabellos. El cansancio y las ojeras no impedían que muchas jovencitas que iban al mercado se volvieran a mirar sus ojos azules y límpidos, y su fuerte torso que se dejaba entrever por las pieles que usaba como capa.

-¡¿Dónde diablos te has metido?! ¡Me has tenido toda la noche en vela! Seguramente tú la estarías pasando con alguna zorra.

El tono bajo y susurrante de Ángonar advirtió al joven bárbaro mejor que ninguna amenaza que sería conveniente para él dejar de importunarlo.

-Tú no eres mi niñera y cómo y con quién pase yo la noche no te incumbe. Además no era una zorra, sólo era alguien con ganas de olvidar por un rato, como yo, dónde estaba y lo que le esperaba mañana- dijo siendo consciente por primera vez de que creía en sus palabras-. Y no tienes derecho a quejarte de mi actitud si estoy aquí por la mañana dispuesto a emprender el camino. ¿Cómo está Aliendor?- preguntó ya en otro tono.

-¿Así que aún te preocupas por tus compañeros? Pues ya se ha levantado y ha comido algo. Si fuera por mí, aún no lo dejaría levantarse de la cama… pero ya lo conoces, inténtalo tú si crees que tendrás más suerte. Dice que esta vez ha visto al enviado y dónde lo encontrará. Espero que sea cierto, no sé si aguantaría otra visión.

Ángonar, en el fondo, comprendía que su enfado era una manera de desahogar su preocupación, por lo que apretó con fuerza el brazo de su joven amigo en un gesto de apoyo antes de lanzarse como un rayo por las escaleras para ver a Aliendor.

Al llegar al cuarto amplio y bien ventilado, pudo observar una figura en la cama, y cuando se acercó a observar al guía… ¡Vio una enorme barba negro-rojiza salir de las sábanas! Se giró rápidamente al oír unos pasos tras él.

-Shhh. No lo despiertes. Ha estado toda la noche velándome, dándome de beber sus brebajes y llenándome el cuerpo con sus elixires y pociones.

Ángonar no pudo menos que asombrarse ante el cambio experimentado por el elfo en una sola noche. Aunque había visto al enano recuperar a los caídos con una brevedad sorprendente, jamás había observado un trabajo tan rápido y eficaz. Era normal que estuviera agotado. El elfo cumplía con los cánones de su raza, alto, rubio aunque de pelo corto y con unos penetrantes ojos índigo, la nariz recta y firme y los labios finos que podían parecer crueles, tenía todo el aspecto del príncipe que era, pero no ayer. La piel de Aliendor, antes agrietada y ennegrecida, cubierta por completo de ampollas y supurando pus en algunas zonas, aparecía ante él tan lisa y tan brillante con esa leve luminiscencia que lo caracterizaba por pertenecer al pueblo selenita. Su rostro, antes irreconocible, estaba suave y terso, podía volver a abrir los ojos. El elfo, después de dejar que apreciara el trabajo de Mer’Tanor, habló.

-Ha realizado un trabajo inmejorable. Si él no estuviera aquí, tal vez no hubiera aceptado el arriesgarme a VER. Tenerlo con nosotros es una garantía.

-Tú y yo sabemos que aunque te alegras como todos de que accediera a acompañarnos, te habrías lanzado de igual modo sobre este reto al igual que te tiras de cabeza sobre cualquier cosa que te interese sin sopesar el precio- dijo acertadamente “el Invisible”.

-¡Pero la he visto! Sí, es ella, no él. Es una mujer la que ha escogido la piedra para que la lleve. Además he podido observar que es una excelente ladrona y que será ella la que conseguirá hacernos entrar en la torre.

-¿Has visto en tu visión si la toma y nos la entrega?

-No- contestó Aliendor sombríamente.

Mientras Viento la llevaba tan rápido como indicaba su nombre hacia Beslar, la ladrona comenzó a rememorar la noche pasada. Hacía largo tiempo que no disfrutaba tanto, la apenaba el tener que dejarlo sin despedirse. Pero sabía que si lo hubiera despertado, él habría hecho preguntas que no estaba dispuesta a contestar. Era mejor así, lo sabía, sin embargo no podía dejar de preguntarse si no debía de haberle dado su nombre.

Llegó a las afueras de Beslar, buscó con la mirada la casa ruinosa en la que estaba acostumbrada a dormir cuando pasaba por allí. La vegetación había crecido considerablemente desde la última vez que visitó el lugar. La hiedra y la buganvilla inundaban toda la fachada, dándole un aspecto de gruta natural que la fascinó por unos instantes. El rocío dejaba sus pequeñas perlas en las flores rosadas, parecía que era irreal, que si se acercaba demasiado, se desvanecería, tal vez… sí, seguro, sería mejor dormir ya. Claro, dormir allí, sobre el caballo…

Los dos delincuentes salieron de entre los arbustos. Habían estado acechando a su presa hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para actuar:

-Ya está Lurd, ¿ves como no hacía falta estropear la mercancía? Devolveremos la piedra a su dueño y diremos que la matamos. Así podremos venderla en el mercado de esclavos y sacaremos más dinero- dijo el mago saliendo de entre las zarzas, poniendo especial cuidado en no romper su oscura túnica.

-Sí, desde luego tienes buenas ideas. Hiciste muy bien robando ese pergamino del sueño. Eres un pésimo mago, pero no puedo negar que lanzas conjuros muy bien.

-Vamos, acércate y átala, no sé cuánto tiempo le hará efecto, y quítale pronto la capa, no sé por qué pero me parece encantada, no vaya a ser que tenga algún tipo de protección.

-Eres demasiado nervioso Druter, está inconsciente. Relájate y prepara el fuego mientras la ato.

Mientras Lurd hablaba con Druter, el manto mágico de protección empezó a hacer efecto y a absorber el conjuro de sueño. Poco a poco la mujer empezó a volver al mundo de la vigilia. Lurd sacó una larga y resistente cuerda de las alforjas del caballo y se dirigió con paso decidido hacia donde se encontraba, dispuesto a atarla, pero Viento retrocedía según él avanzaba, y lo que al principio resultó divertido, comenzó a molestarlo.

-Druter, atrapa al maldito caballo. Cada vez que doy un paso él da otro.

-No te pongas nervioso ahora. Se aleja porque no te conoce y con esa cara que tienes yo también me alejaría de ti. Espera, yo le hablaré suavemente y tú ve por el otro lado y cógela en brazos. Luego la atas mientras yo intento agarrar al caballo.

Lurd se aproximó con cautela hacia el caballo y tomó el cuerpo desmayado por la cintura. Tras esto, los acontecimientos se sucedieron rápidamente. El caballo se encabritó y pateó a Druter, y tras esto, comenzó a correr desbocado. La ladrona, que no estaba tan dormida como aparentaba, sacó una afilada daga de su bota y atravesó certera la garganta del inmenso ser que la transportaba. El cuerpo de Lurd cayó al suelo sin vida.

La mujer fue hasta el inconsciente mago que yacía sobre la tierra húmeda y lo despertó bruscamente de una bofetada.

-Bien, te voy a dar dos opciones: o te mato torturándote y disfrutando con ello para acabar rajándote como a un cerdo, o te mato rápidamente y me dejas sin diversión. Por mis refinados gustos, me inclino por la primera opción…

-Yo… señora, no me hagáis daño… yo sólo cumplo órdenes…

-¿De quién?

-Señora… ¡yo no lo sé!

-Está bien… eso quiere decir que no te necesito.

Acto seguido desenvainó su espada y giró la cadera con la visible intención de cercenarle la cabeza.

-¡Nooooo!

La hoja pasó silbando junto a su cabeza, llevándose a su paso la oreja y algo de su oscura cabellera. La sangre comenzó a manar rápidamente de la herida. El desgraciado intentó contenerla con sus manos.

-¡Última oportunidad! ¿Quién te contrató? Si no me lo dices ya no me interesará. Destrozaré tu cuerpo antes de matarte, pero dejaré tu cabeza intacta para que sea reconocible. Alguien sabrá de qué cloaca saliste.

-¡De acuerdo, de acuerdo! Me contrató un tipo llamado Bolda en los muelles del Sor. Si alguien lo contrató a él eso ya no lo sé.

-Deberé creerte. Está bien, cumpliré mi palabra.

-Gracias.

-De nada.

Cuando se levantó con la clara intención de irse, ella soltó la espada para que no tuviera nada que temer. Él la miró con suficiencia pensando que al final, como mujer, era débil y no tenía coraje para acabar un trabajo.

Cuando lo tuvo de espaldas, sacó la misma daga con la que mató a su compañero, lo tomó por la barbilla y cortó casi con delicadeza el delgado cuello mientras le susurraba al oído: “Siempre cumplo mi palabra”. No soportaba a la basura que revelaba tan rápido a sus contratantes, eran gente sin código.

Limpió sus armas en la hierba y buscó a su caballo. Tras calmarlo y montarlo escudriñó por las cercanías para encontrar las monturas de sus agresores. También rebuscó entre sus cosas pero no encontró nada interesante excepto un buen cinturón de plata. Era hermoso, las figuras que lo adornaban tenían forma de dragones y pegasos. Tiró el resto, incluidas las sillas y ató las monturas entre sí a su propio caballo. A pesar del cansancio, decidió no quedarse a dormir en su acostumbrado refugio por la proximidad de los muertos. El olor no era agradable, pero lo que más la preocupaba es que una patrulla viniera a hacer preguntas.

Llegó a una hacienda de las que adornaban el camino hacia la ciudad de Nar en el Valle de Xexeria, zona consagrada a esta diosa protectora de pescadores. El valle era fértil, cerca del mar. Nar tenía un gran puerto comercial y pesquero que aprovechaban los bancos de atunes que pasaban cerca de su estrecho. Las gentes del valle se dedicaban al cultivo de la vid, olivos y frutales con gran éxito gracias a su clima.

La hacienda tenía la estructura típica de la región. Una valla que tan sólo servía para delimitar la zona de cultivo alrededor de la finca, dejando el área delantera para los árboles frutales y los olivos separados por un simpático camino bordeado de piedras blancas que llevaba hasta la puerta del edificio. Por costumbre la parte trasera se destinaba a la vid, adosando a uno de los laterales de la casa el pequeño establo necesario para el funcionamiento de la hacienda. El edificio era de fresco adobe, con dos plantas; en la de abajo, junto a la puerta, los despachos y en la parte de atrás la cocina y los graneros. La planta alta se dedicaba por completo a las dependencias tanto de los dueños como de los trabajadores.

Amarró a Viento en el poste junto a la verja y caminó con los otros dos jamelgos hasta la puerta de la hacienda. No pasó mucho rato hasta que un curioso chaval de unos siete años se acercó a investigar:

-Buenos días, señorita. ¿Podría hacer algo por usted?

-Pues sí, me gustaría hablar con el que se encargue del ganado en esta hermosa finca- dijo agachando un poco la cabeza para ponerse más a su altura. -Me llamo Phyras y tengo dos caballos de más.

-¡Oh! ¡Discúlpeme! ¡Es cierto, no me he presentado! Me llamo Jaret, y si tiene la bondad de esperar aquí un momento, en seguida vendré con alguien- dijo mientras señalaba un pequeño banco situado a la sombra de los frondosos frutales.

-Será un placer aprovechar para descansar un poco a la sombra- respondió con una sonrisa.

A los pocos minutos Jaret regresaba junto a un hombre de unos cuarenta años que bamboleaba su panza rítmicamente mientras se acercaba. Vestía telas frescas y de buena calidad, aunque demasiado finas para las labores del campo, así que la ladrona supuso que el chiquillo había buscado directamente al administrador.

-Señorita Phyras, éste es Nuben, es él quien se encarga de todos los negocios que se hacen aquí.

Nuben tomó la palabra y se deshizo del chico amablemente diciéndole que se había ganado un vaso de limonada en las cocinas. Phyras se había levantado para saludar a Nuben pero éste le indicó con un gesto que no se molestara y se sentó junto a ella combando el banco en su dirección. Tras la conversación intrascendental de preguntas obligatorias a todo aquel que viene del camino, Nuben pasó a lo que realmente le preocupaba de la compra de esos dos buenos ejemplares: -Y… ya que estás tan cerca de la ciudad, ¿no te resultaría más conveniente llevarlos a Nar? Ten en cuenta que en breve es la feria de Xexeria y allí podrías sacarlos a subasta.

Phyras sonrió, Nuben era un hábil comerciante que debía estar acostumbrado a tratar con ladrones, al fin y al cabo era un importante camino comercial, y era más fácil deshacerse de las mercancías de dudosa procedencia en las haciendas cercanas a la ciudad que en ella, ya que allí la guardia tenía por costumbre pedir demasiados papeles. -Pues la verdad, Nuben, es que otras veces he tratado con los comerciantes locales y no he salido muy contenta. En primer lugar, mi familia, como te he comentado, se dedica a la cría de caballos. Así que aparte de que mi yegua ha dado a luz alguna vez, no puedo enseñar ningún otro documento. En segundo lugar, por ser feria, siempre pretenden que pagues unos impuestos y tasas adicionales que se llevan los beneficios extras de sacarlo a subasta. Eso si no he de alquilar una tarima o una zona en la que poder vender mi caballo, no sería la primera vez que la guardia impide la venta ambulante. Sólo puedo darte mi palabra de que nadie va a venir a reclamarte estos caballos, y esto te lo puedo jurar por la Sagrada Xexeria- dijo colocando su mano derecha sobre el corazón.

A partir de aquí la tarde pasó conversando acerca de precios y enseres, regateando por el valor de los caballos. Ambos salieron contentos; Nuben había conseguido dos buenos caballos a un precio justo y la ladrona obtuvo moneda local, víveres y unas buenas telas con las que comerciar… o hacerse un vestido.

Nar era tan bonita como recordaba y el olor a mar siempre le había gustado, hacía tiempo que no pasaba por la zona. Paró a Viento para poder contemplar con tranquilidad la estampa de la ciudad. El puerto se encontraba a la izquierda y la muralla la abrazaba, pero desde donde se encontraba podía ver su interior. Nar estaba atravesada por un canal que la dividía y varios puentes unían las dos partes de la ciudad. En el puerto los barcos continuaban faenando a pesar de que era fiesta y que el ambiente invitaba a la relajación en las tabernas. El edificio que destacaba con relevancia propia en medio de la ciudad era la Joyería de Xexeria. Ella nunca había estado en ese lugar, pero su imponente mole dominaba la zona. La entrada era sencilla, ya que las puertas de la ciudad estaban abiertas recibiendo a los granjeros y viajeros que se acercaban para el festejo, había multitud de carromatos decorados con flores y lazos para la ocasión. El ruido de niños jugando y perros que corrían entre los carros lo llenaba todo. Tan sólo los bueyes que tiraban de los carros parecían indiferentes a todo lo que pasaba.

Cuando atravesó las puertas de la ciudad estaba algo molesta porque el incidente ocurrido en la carretera provocaba que tuviera que hacer una labor más burda con su siguiente trabajo. No tenía tiempo de colarse limpiamente en la casa, ahora tendría que entrar y salir rápidamente antes de que la descubrieran. Ahora sabía que alguien la seguía y aunque era de suponer que sería por su último trabajo, ya que buscaban una joya, había robado demasiadas gemas últimamente como para estar segura de ello.

Escogió una posada pequeña y apartada puesto que la afluencia de gente por las fiestas le impedía coger una más céntrica y más acomodada. La regentaba una familia de antiguos granjeros y estaba limpia y bien cuidada. Las habitaciones eran rectangulares y todas tenían una cama, una mesilla bajo la ventana y un pequeño armario a los pies de la cama. Antes de marcharse colocó dos trampas, una se activaba al abrirse la puerta, y la otra unos pasos después. No mataban, sólo inmovilizaban, si alguien entraba averiguaría el porqué se coló en su cuarto.

No recordaba bien el lugar así que tenía que dar una vuelta para reconocer la zona donde estaba la “Joyería de la Señora”, de la que se decía que nadie podía robar porque estaba protegida por la propia diosa Xexeria. Esta protectora de los barcos y marineros tenía muy mal genio como quedaba demostrado en las increíbles tormentas que se desataban con una frecuencia alarmante en los últimos tiempos.

Dorné era el joyero encargado de crear las alhajas que adornaban la representación de la deidad. Sus joyas eran cambiadas todos los años en la celebración. Las anteriores, una vez utilizadas por la figura, eran vendidas a precios exorbitantes. Además de su intrincado y trabajado diseño se creía que protegían al que las llevaba por haber pertenecido a Xexeria.

De noche la ciudad se transformaba… Tras deambular un poco por las ahora tranquilas y solitarias calles, vio el inmenso letrero que anunciaba el espectacular santuario, que brillaba bajo la luz de la luna como el interior de una concha; era la joyería. Este edificio, rodeado de una fina cancela de forja vegetal negra con adornos dorados, albergaba la enorme figura de Xexeria que se sacaba a procesionar todos los años por las calles de la ciudad. Alrededor de la estatua se presentaban las joyas que la adornarían, así como las donaciones que los devotos ofrecían a dicha Diosa. Eso explicaba la fuerte presencia militar en la zona, y las excepcionales medidas de protección.

En el interior del edificio no había luz alguna. Observando a su alrededor con cautela, se acercó lentamente al santuario. Junto a la puerta había tres guardias armados. Si no tuviera prisa tal vez hubiera podido convencer a alguno para mostrarle el templo, pero urgía terminar con la tarea y además no había podido disfrazarse. Era demasiado llamativa en esta zona como para no ser reconocida.

Los intrincados adornos de la valla facilitaron que la ladrona la trepara. Una vez al otro lado miró detenidamente la decorada fachada. Si no tenía una protección mágica podía treparla con relativa facilidad. Lanzó una pequeña piedrecita contra la pared. Nada, ninguna reacción. A lo mejor sólo reaccionaba con los seres vivos y no tocaría la fachada para comprobarlo por sí misma.

Esperó un rato pensando qué podía hacer. ¡Claro! ¡Podía coger a alguien y lanzarlo contra la pared! Por todos los dioses, si no se le ocurría algo pronto empezaría a plantearse seriamente esa posibilidad.

De pronto de entre las basuras de un callejón cercano surgió una rata. Ésta, tranquila y confiada se aproximó a la fachada, la olisqueó y ¡rozó! su piel contra ésta hasta encontrar el agujero que estaba buscando.

Al menos sabía que no afectaba a las ratas y a ella le habían dicho que era tan sigilosa como ese roedor. Se acercó a la pared y lentamente la tocó.



Espero muchos comentarios para que me digáis qué os parece 🙂

10 pensamientos en “Para abrir boca…

  1. ¡¡¡Me encanta!!!!!!!!

    ¡¡¡Quiero más!!!

    Ya estoy deseando poder comprarlo, y cuando vuelva a Cádiz que me lo firmes ¡Qué ilusión!

    Un beso enorme

  2. Mi madre lo acaba de leer y le gusta mucho!! Nos gusta mucho el primer capítulo a las dos…esperando que esté a la venta!!

  3. Ya me estoy arrepintiendo de haber leido el capitulo porque si lo piensas por mucho que corra despues de la presentacion …. ME QUEDAN 28 DIAS PARA SEGUIR LEYENDO.Me encanta ,muchos besos

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